La cita era a las 11 de la mañana en la entrada sur de la estación de TransMilenio de la Calle 45. Desde el primer vagón de esta concurrida estación abordaríamos el bus D20, un biarticulado que nos llevaría hasta nuestro destino, el Portal de Usme. Miré, en la parte de arriba de la puerta, el recorrido que realizaríamos hasta aquel lugar. En total eran ocho estaciones: Profamilia, Calle 26, Calle 19, Avenida Jiménez, Calle 40 Sur, Santa Lucía, Molinos, y, finalmente, el Portal Usme. Llegó el bus casi a las once y media de la mañana y pude empezar a ver las dos caras de Bogotá.
Es normal sentir inseguridad en los vehículos de servicio público de la ciudad, ya que todos los días vemos en los periódicos y en los noticieros casos de atracos a mano armada, y esto es un sentimiento que se ha apoderado de la mayoría de bogotanos. En el trayecto dentro del bus, camino a Usme, pude observar varias cosas que me llamaron mucho la atención. En primer lugar, pude notar cómo Bogotá se va volviendo más oscura a medida que nos adentrábamos en el sur de la ciudad. Si bien vemos de forma diaria un cielo gris, ese día, de manera particular, lo vi mucho más oscuro con el pasar de las cuadras. Algo que me llamó mucho la atención fueron las edificaciones y su estructura. Desde siempre me ha parecido que la ciudad cambia mucho desde la estación de Héroes hacia el norte, ya que se ve mucho más moderna, con edificios más altos, más nuevos. En este trayecto observé que las casas y los edificios eran viejos, en su mayoría de poca altura - como casi todo Bogotá - y con colores muy oscuros, como gris, negro y café. Pero volvamos al inicio del recorrido...
Al abordar el bus, me sorprendió ver la cantidad de gente que se subió en éste. El grupo de estudiantes que entramos al TransMilenio nos dividimos, quedando la mitad en el vagón delantero y la otra mitad - incluido yo - en el vagón del medio. En cada una de las paradas que realizaba el bus pude notar cómo iba cambiando la gente, su forma de vestir, sus actitudes, su forma de mirar, que era más fría de lo normal.
Como en todo transporte público colombiano, una persona se subió al bus para tratar de conseguir algo de dinero para el día. En este caso, un hombre que rapeaba amenizó - o no - el viaje de los pasajeros. Con ropas anchas, el sujeto se enfureció al no encontrar respuesta a su saludo por parte de una gran cantidad de los pasajeros que viajaban en el biarticulado. Después de este suceso, el joven empezó a cantar una de sus canciones, con la temática social destinada a la búsqueda de la paz en el país. Acto seguido, puso en su parlante un beat con el cual empezó a improvisar frases hacia cada uno de los pasajeros.
Debieron pasar unos cinco minutos desde que el rapero terminó su función cuando, en un abrir y cerrar de ojos, un policía pasó justo enfrente nuestro y dirigiéndose hacia la parte de atrás del bus. La curiosidad me invadió, por lo que observé que hablaba de forma alevosa con un hombre, al que agarró del cuello de su camiseta y lo condujo hasta una de las puertas de salida. Pude notar que el hombre estaba sangrando en su brazo izquierda, y al parecer era acusado de robo. Debo decir que tuve un poco de miedo al ver esto, pues nunca me había tocado presenciar tal situación tan cerca, y esta sensación se incrementaría cuando, al lado de la puerta en la que estábamos, un hombre dejó caer de su bolsillo un juego de navajas que guardó rápidamente para que nadie lo viera. Finalizando este confuso capítulo, el policía y el presunto ladrón se bajaron en la estación más cercana, en donde lo esperaban otros auxiliares de la Policía para neutralizar al hombre, que solamente decía que tenía que ir a un hospital.
Mientras el TransMilenio se fue vaciando mis compañeros se fueron sentando, pero todos seguíamos hablando. Mientras contábamos historias y nos reíamos, pude notar la seriedad de la gente y una extraña manera de mirarnos, como unos completos desconocidos. Es más, me atrevería a decir que éramos un centro de atención para los demás pasajeros del bus, pues nos diferenciábamos en muchas formas, sobre todo en esa actitud.
Entrando ya en la recta final del recorrido me di cuenta que la ciudad está pintada por completo con graffitis. Los muros oscuros, grises, cubiertos en su parte baja por pasto y musgo, están superpuestos por pinturas y frases de diferentes colores. Además, me pareció curioso el hecho de que en un punto la calzada de TransMilenio se acaba y se junta con la vía de los carros. No sabía que la cárcel La Picota quedaba allí, justo al lado de un colegio. De igual forma, a los dos lados de la vía, se levantaban casa de invasión que demostraban bastante pobreza, algo que me marcó mucho.
Al llegar al Portal nos reunimos en un círculo para discutir entre todos las diferentes cosas que habíamos observado. Me llamó la atención ver hacia el occidente, en las montañas del fondo, donde se podía ver una extensa invasión de casas pobres, que en realidad asocié con la forma de un pesebre.
Este recorrido me impresionó, ya que me di cuenta de varias cosas: primero, la Bogotá que conocemos muchos se limita hasta el centro, y desde allí hacia el sur hay una infinidad de lugares que siguen siendo la capital. La desigualdad es notoria, y no por nada Bogotá es la ciudad más desigual de Latinoamérica. La pobreza extrema que se ve en algunos lugares, la diferencia estética de la ciudad y todo lo dicho anteriormente me permiten afirmar que estamos en una burbuja, en un círculo del que no salimos y que no nos permite conocer la verdadera imagen de nuestra ciudad.
Es normal sentir inseguridad en los vehículos de servicio público de la ciudad, ya que todos los días vemos en los periódicos y en los noticieros casos de atracos a mano armada, y esto es un sentimiento que se ha apoderado de la mayoría de bogotanos. En el trayecto dentro del bus, camino a Usme, pude observar varias cosas que me llamaron mucho la atención. En primer lugar, pude notar cómo Bogotá se va volviendo más oscura a medida que nos adentrábamos en el sur de la ciudad. Si bien vemos de forma diaria un cielo gris, ese día, de manera particular, lo vi mucho más oscuro con el pasar de las cuadras. Algo que me llamó mucho la atención fueron las edificaciones y su estructura. Desde siempre me ha parecido que la ciudad cambia mucho desde la estación de Héroes hacia el norte, ya que se ve mucho más moderna, con edificios más altos, más nuevos. En este trayecto observé que las casas y los edificios eran viejos, en su mayoría de poca altura - como casi todo Bogotá - y con colores muy oscuros, como gris, negro y café. Pero volvamos al inicio del recorrido...
Al abordar el bus, me sorprendió ver la cantidad de gente que se subió en éste. El grupo de estudiantes que entramos al TransMilenio nos dividimos, quedando la mitad en el vagón delantero y la otra mitad - incluido yo - en el vagón del medio. En cada una de las paradas que realizaba el bus pude notar cómo iba cambiando la gente, su forma de vestir, sus actitudes, su forma de mirar, que era más fría de lo normal.
Como en todo transporte público colombiano, una persona se subió al bus para tratar de conseguir algo de dinero para el día. En este caso, un hombre que rapeaba amenizó - o no - el viaje de los pasajeros. Con ropas anchas, el sujeto se enfureció al no encontrar respuesta a su saludo por parte de una gran cantidad de los pasajeros que viajaban en el biarticulado. Después de este suceso, el joven empezó a cantar una de sus canciones, con la temática social destinada a la búsqueda de la paz en el país. Acto seguido, puso en su parlante un beat con el cual empezó a improvisar frases hacia cada uno de los pasajeros.
Debieron pasar unos cinco minutos desde que el rapero terminó su función cuando, en un abrir y cerrar de ojos, un policía pasó justo enfrente nuestro y dirigiéndose hacia la parte de atrás del bus. La curiosidad me invadió, por lo que observé que hablaba de forma alevosa con un hombre, al que agarró del cuello de su camiseta y lo condujo hasta una de las puertas de salida. Pude notar que el hombre estaba sangrando en su brazo izquierda, y al parecer era acusado de robo. Debo decir que tuve un poco de miedo al ver esto, pues nunca me había tocado presenciar tal situación tan cerca, y esta sensación se incrementaría cuando, al lado de la puerta en la que estábamos, un hombre dejó caer de su bolsillo un juego de navajas que guardó rápidamente para que nadie lo viera. Finalizando este confuso capítulo, el policía y el presunto ladrón se bajaron en la estación más cercana, en donde lo esperaban otros auxiliares de la Policía para neutralizar al hombre, que solamente decía que tenía que ir a un hospital.
Mientras el TransMilenio se fue vaciando mis compañeros se fueron sentando, pero todos seguíamos hablando. Mientras contábamos historias y nos reíamos, pude notar la seriedad de la gente y una extraña manera de mirarnos, como unos completos desconocidos. Es más, me atrevería a decir que éramos un centro de atención para los demás pasajeros del bus, pues nos diferenciábamos en muchas formas, sobre todo en esa actitud.
Entrando ya en la recta final del recorrido me di cuenta que la ciudad está pintada por completo con graffitis. Los muros oscuros, grises, cubiertos en su parte baja por pasto y musgo, están superpuestos por pinturas y frases de diferentes colores. Además, me pareció curioso el hecho de que en un punto la calzada de TransMilenio se acaba y se junta con la vía de los carros. No sabía que la cárcel La Picota quedaba allí, justo al lado de un colegio. De igual forma, a los dos lados de la vía, se levantaban casa de invasión que demostraban bastante pobreza, algo que me marcó mucho.
Al llegar al Portal nos reunimos en un círculo para discutir entre todos las diferentes cosas que habíamos observado. Me llamó la atención ver hacia el occidente, en las montañas del fondo, donde se podía ver una extensa invasión de casas pobres, que en realidad asocié con la forma de un pesebre.
Este recorrido me impresionó, ya que me di cuenta de varias cosas: primero, la Bogotá que conocemos muchos se limita hasta el centro, y desde allí hacia el sur hay una infinidad de lugares que siguen siendo la capital. La desigualdad es notoria, y no por nada Bogotá es la ciudad más desigual de Latinoamérica. La pobreza extrema que se ve en algunos lugares, la diferencia estética de la ciudad y todo lo dicho anteriormente me permiten afirmar que estamos en una burbuja, en un círculo del que no salimos y que no nos permite conocer la verdadera imagen de nuestra ciudad.
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